Richard Stallman el Profeta de la Libertad Digital Prohíbe que le Ayuden a Cruzar la Calle

Nunca cuestionamos por qué internet recuerda nuestras contraseñas o nos recomienda el restaurante más cercano.
Hemos regalado a Apple, Google y Facebook las llaves de nuestra casa y ahora pueden entrar a ella cuando quieran.
Richard Stallman es un hacker que no usa teléfono celular ni tarjetas de crédito, sólo envía correos electrónicos desde un programa que él mismo inventó, y da nombre falsos cuando viaja en tren.

Para él, cada juguete tecnológico es una licencia para robar información, una estrategia para violar nuestra privacidad.

¿Cuánta libertad perdemos al dar un clic?


Ilustración de Omar Xiancas

Ilustración de Omar Xiancas

Stallman, el gran programador de computadoras nacido en Nueva York, apareció de toga y birrete en el auditorio de la universidad de Huacho, una ciudad de la costa del Perú famosa por sus salchichas. Esa mañana le iban a conceder el grado de doctor honoris causa. En la ceremonia, su barba y cabellos largos lo hacían lucir como un profeta bíblico que iba a graduarse con medio siglo de retraso. Más de trescientas personas lo esperaban. El acto llevaba una hora de tardanza. En el auditorio comenzó a sonar una canción más propia de un matrimonio que de un evento académico: Feelings, de Morris Albert, que aparece en los rankings de las peores canciones de la historia. Cuando nos sentamos en las butacas del auditorio, uno de los vicerrectores de la universidad leyó lo que casi nadie sabe: quién diablos es Richard Stallman.

El doctor Stallman advierte que se enfada si le ofreces ayudarlo a cruzar una calle. Puede también enfadarse si le ofreces un refresco, una sábana más gruesa, el diario del día. Le es difícil dormir a más de veintidós grados Celsius y, a más de veinticinco, necesita aire acondicionado. Al día siguiente no desayuna. Durante sus conferencias, le gusta que haya frente a él un poco de té con leche y azúcar. De ser necesario, usa alguna de las bolsitas que siempre lleva consigo. Si tiene sueño, prefiere un par de latas de Pepsi a su alcance. Nunca de Coca Cola porque dice que esa corporación ha asesinado a líderes sindicales en Colombia y Guatemala. Tampoco le gustan el aguacate, la yema del huevo, el café ni la berenjena. Si alguien le paga un pasaje de avión para dar una charla, también debe ser responsable de comprar uno nuevo en caso de que perdiese el vuelo. Puede que la culpa sea de la aerolínea, o puede que sea suya, pero Stallman no tiene suficiente dinero para asumir ese riesgo. También le asustan los perros si son muy grandes.

Stallman es un profeta del software libre: creó nada menos que las bases del sistema operativo GNU/Linux, una alternativa gratuita a Windows. Inventó el concepto de copyleft, que se opone a la terquedad y rigidez del copyright y que se considera la solución a la piratería. Si este último es el derecho de autor, el copyleft es el derecho de copia. Richard Stallman también fundó la Free Software Foundation, una organización que promueve la libertad de los usuarios de computadoras y reúne a gente como programadores, artistas o abogados. Sus fans opinan que sólo él puede salvarnos de la tiranía de Microsoft, Apple y Facebook.

El temor al poder de las máquinas sigue siendo de ciencia ficción. El lugar común es imaginar que un día pensarán por ellas mismas y nos atacarán pero ni se nos ocurre pensar en el control que tienen sobre nosotros quienes están detrás de ellas. La dependencia a la tecnología no es sólo la del muchacho adicto al mando del PlayStation o la del ejecutivo que almuerza con un tenedor en la mano y el BlackBerry en la otra. Hoy la economía y la política también se deciden en internet, en la industria millonaria que nos entrega Microsoft para seguir trabajando, o Facebook para entretenernos. Los programas que usamos en las computadoras están hechos de cientos de líneas de códigos ilegibles para casi todos. Son instrucciones para crear procesadores de texto, como Microsoft Word, aplicaciones de chat en audio y video como Skype, o sistemas operativos como Microsoft Windows. Pero las compañías que los han inventado esconden cómo lo hicieron. Es como cuando te sirven un plato delicioso, pero no te dan la receta ni los ingredientes.

Stallman no lo acepta y nos anima a todos a no utilizar ninguno de esos programas. La alternativa, según él, es el software libre, la única opción ética y legítima para convivir con las computadoras. Cree que cualquiera debería saber la receta del plato, poder mejorarla y hasta venderla. Stallman tiene una misión que cumplir y no es hacerse rico. Sus seguidores creen que es el último hacker verdadero, el miembro de una tribu que usaba las computadoras para divertirse y no para ganar dinero. Todo lo que Stallman dice aparece en los principales portales de tecnología. En la economía del conocimiento no basta con ser un experto: hay que unirse al circuito de gurús que se pasan la vida cobrando por dar conferencias y evangelizando seguidores. Para invitarlo a un lugar no hace falta miles de dólares, como sí sucede con Al Gore, el profeta evangelista del cambio climático que cobra cien mil dólares por dar una charla de setenta y cinco minutos, o con Deepak Chopra, el gurú de la medicina alternativa, a quien hay que ofrecerle más de cuarenta mil dólares para que se suba a un podio. A Stallman sólo hay que pagarle el viaje y ofrecerle un lugar para dormir. De preferencia, la casa de uno mismo.

Un ingeniero de sistemas tuvo que leer con urgencia un manual con veinte páginas de exigencias de Richard Stallman para recibir en el Perú a este profeta de la libertad digital. Fernando Espinoza, coordinador nacional de la comunidad de software libre del país, se había enterado de que una universidad de Chiclayo, al norte de Lima, estaba organizando un congreso de ingeniería y había invitado a Stallman. El ingeniero Espinoza, un hombre de computadoras con aspecto de boxeador, les pidió que extendieran su estadía para que pudiera visitar más ciudades. El profeta también aceptó. El primer problema fue conseguirle un lugar donde dormir. El ingeniero de sistemas vivía solo en un departamento minúsculo. No tenía cuarto para huéspedes, por lo que pidió a un amigo que hospedara a Stallman en su casa. El amigo, Arnold Fernández, un estudiante de Ingeniería Ambiental, vivía con sus padres, sus hermanos y un gato. No tenía sitio para nadie más. Pero la llegada de Stallman se acercaba y ninguno de los dos anfitriones encontraba un alojamiento para el hacker con quien, hasta ese día, sólo habían tenido contacto de manera virtual. Al final la madre del amigo ingeniero aceptó y convirtieron su cocina recién estrenada en dormitorio. La cama del futuro huésped tuvo que entrar por la ventana.

Cuando lo recogieron del aeropuerto de Lima, Stallman casi ni saludó a sus nuevos anfitriones. Se instaló en la cocina-dormitorio y se echó a dormir. El misionero de la libertad digital también se cansa. Venía de Barranquilla, Caracas y antes de Buenos Aires: viaja más tiempo del que pasa en su casa en Boston. En las próximas dos semanas daría once charlas en siete ciudades del Perú. Al día siguiente de su llegada, Stallman se levantó tarde. Eran las cuatro de la mañana y debía tomar un avión a Chiclayo, en el norte del Perú. Sus anfitriones no sabían qué hacer con su sueño interminable. Tocaban la puerta y no recibían respuesta. Después de unos minutos, el muchacho decidió abrir la puerta y despertar a Stallman. Aún debían terminar de armar las maletas. A esa hora, no había taxis cerca de allí, y Arnold Fernández tuvo que caminar hasta una avenida con más tráfico y conseguir uno. Stallman, su anfitrión y el padre de este salieron de la casa pensando que llegarían a tiempo. Media hora antes del vuelo, Stallman llegó al aeropuerto. El anfitrión y su padre lo despidieron y se quedaron en la zona de visitantes, por si sucedía algo. Diez minutos después, Stallman volvió.

—He fracasado —decía entre sollozos—. He fracasado.

Stallman sólo quería reprogramar su vuelo y conectarse a internet. El anfitrión y su padre tuvieron que encargarse del boleto, como decía en el manual de exigencias del profeta. El vuelo sería por la tarde, consiguieron un café con internet en el aeropuerto y el padre del software libre pidió a sus acompañantes que se marcharan. No quería verlos. Era un enojo infantil. Su madre, Alice Lippman, lo recuerda como un niño de ocho años que odiaba a la autoridad y leía sobre el libre albedrío, ideas que encarnaba en su vida incluso entonces: como sobresalía en los números, decidió que no tenía motivos para concentrarse en el resto de clases. Ser autodidacta es el perfil de los hackers, que recurren a internet y a foros de discusión antes que a estudiar en una escuela. Aprenden haciendo y equivocándose por sí solos. Desde que Stallman se graduó en Física en Harvard, ha recibido trece doctorados honoris causa. El más reciente fue en la universidad de Huacho, adonde llegaría a última hora. Esa mañana los organizadores le dijeron que la ceremonia estaba por comenzar, pero él tenía algo que hacer.

—Tengo otra ceremonia —dijo—. En el baño.

El célebre hacker es tan volátil que de un momento a otro puede ponerse a llorar si no consigue una conexión a internet. Ese día, en Lima, estaba de buen humor. A veces el guerrillero contra la opresión del imperio digital de Microsoft y las otras compañías de Silicon Valley es un cómico involuntario. A Stallman le urge liberar a una sociedad que no se siente esclavizada y, por eso, en sus charlas los asistentes se ríen cuando usa palabras como ‘conspiración’, ‘trucos malévolos’, o ‘sometimiento’ para referirse a Facebook. Casi nadie siente que corre peligro cada vez que enciende una computadora o habla por teléfono, pero a él los celulares le parecen «dispositivos de vigilancia y seguimiento sucio». Le da «asco» que los servidores de internet ofrezcan mejor servicio a las empresas que pagan más cuando cuesta lo mismo transportar la información de forma rápida que lenta.

Stallman es una celebridad en internet que fracasa al intentar controlar su popularidad. Después de recibir el honoris causa en Huacho, el padre del software libre dará un monólogo sobre la libertad que nos roban Microsoft Windows y casi todos los otros programas que usamos a diario. Y también nos prohibirá grabarlo. La revolución exige disciplina. Stallman pide que no se suban videos suyos a YouTube porque la página de videos más visitada del mundo no ha revelado aún cómo funciona ni comparte el código que permitiría que un programador como Stallman la modifique para que funcione a su antojo. Él no tolera ese control. Pero hay más de tres mil resultados cuando se busca su nombre en YouTube.

Lo primero que Stallman prohíbe en sus charlas sobre la libertad es que sus fotos lleguen a Facebook. Nos recuerda que esta red social rastrea a sus usuarios pero también a los que no lo son. Si alguien sube fotos suyas, aunque no posea cuenta en Facebook, tendrá otra oportunidad para vigilarlo. En la era de los bits, entre tantas ventanas, tweets y actualizaciones de estado, casi nadie se levanta a pensar si nuestra libertad está en riesgo. Parece normal que Facebook recuerde nuestra clave cada vez que nos conectamos, que Amazon lleve un catálogo de todas las cosas que hemos comprado y que Google nos sugiera siempre los restaurantes que quedan más cerca de donde estemos. Hay activistas digitales como Richard Stallman que dedican sus vidas a defender los derechos de los navegantes en el ciberespacio. Aaron Swartz era un hacker que a los catorce años asombró al mundo creando el RSS, un código para agregar contenidos de internet y recibir novedades de las páginas que nos interesan. A sus veintitantos años, Swartz ayudó a escribir la licencia Creative Commons, una legislación fácil de entender para compartir propiedad intelectual en internet. Swartz creía que había que describir la anatomía de la red con claridad para que los jueces pudieran interpretarla: entender si compartir archivos en internet para que otros puedan descargarlos es como robar una película de una tienda, o si es como prestar un video a un amigo. Si actualizar una página web una y otra vez para colapsar un servidor es como salir con carteles en una marcha pacífica por la ciudad, o si es como romper ventanas y saquear las tiendas. Schwartz se suicidó mientras tenía un juicio en su contra por descargar más de cuarenta mil documentos académicos de una base de datos privada. Richard Stallman nunca lo conoció  pero escribió que lamentaba su muerte y acusaba a Estados Unidos por perseguirlo y contribuir a su suicidio. Los hackers han entendido antes que el resto de nosotros que lo que sucede en internet ya no se queda sólo en internet. Se entromete también en nuestra vida offline.

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